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#129 • Mayo 2017 Año VIII Arquitectura Curiosidades Grandes Casas Patrimonio Personajes Racionalista

Arquitecto Salamone

por Enrique Espina Rawson / Fotos: Iuri Izrastzoff & Esteban Pastorino
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Su estilo es inclasificable. Sin embargo, luego de transitar por años la escala que va del menosprecio a la indiferencia, su obra hoy es objeto de estudio para algunos, y de culto para otros. Podemos calificarla como cubista, modernista, monumentalista, racionalista, brutalista y cuanto se quiera, pero excede todos los casilleros.

Porque también nos remonta a Metrópolis, a la Ciudad Gótica de Batman, a Flash Gordon, a la arquitectura fascista, a las fortalezas medievales, a Disneylandia y a Las Vegas, y podríamos seguir.

Lo cierto es que Francisco Salamone no tuvo ni antecesores ni seguidores. Su obra es tan misteriosa como lo que se sabe -y lo que se ignora- de su vida. Pero no es aquí el lugar para indagar en ella, así es que nos limitaremos a lo más conocido de la obra de este arquitecto-ingeniero nacido en Italia (parece que luego renegó de este primer título), y que, substancialmente, se desarrolló en varias ciudades y pueblos de la provincia de Buenos Aires: Tornquist, Azul, Rauch, Saliqueló, Pellegrini, entre otras, donde entre 1936 y 1938 ejecutó sesenta obras, principalmente cementerios, mataderos, intendencias y plazas.

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Foto: Esteban Pastorino

Fue bajo la gobernación de Manuel Fresco. Siempre se dijo que estas obras fueron adjudicadas a dedo y sin embargo, quienes investigaron este período no encontraron un sólo contrato de Salamone con la gobernación de la provincia.

Foto: Esteban Pastorino

Todas fueron acordadas con cada una de las intendencias. Son detalles. Lo destacable es que las construcciones de Salamone se desparramaron en distancias enormes, se terminaron a una velocidad impresionante, (repetimos sesenta en cuatro años), y todas son construcciones oficiales en las que el, personalmente, se ocupaba de todo, hasta del diseño de los picaportes, los bancos de plaza, los bebederos, las veredas, las lámparas y las sillas.


Foto: Esteban Pastorino

Además, claro está, de las impresionantes esculturas cubistas de Cristos y vírgenes en las entradas de los cementerios. Y después de esto, nada más.


Foto: Esteban Pastorino

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Finalizado este frenesí constructivo, Salamone desaparece dejando el legado de esta arquitectura pasmosa y alucinante en pueblos bonaerenses que aún no tenían calles asfaltadas, pero sí tres o cuatro edificios venidos de otro planeta. Desaparece es un decir, claro, no es que se lo traga la tierra. Pero abandona todo proyecto constructivo para dedicarse a algo en lo que ya había incursionado: la pavimentación. Sólo, décadas después, realiza dos obras. Una casa particular en un barrio alejado de Buenos Aires, y un edificio de departamentos.

Hasta no hace mucho podían verse en la abundosa fachada de granito pulido de la Avenida Alvear 1917, las letras de bronce con su nombre. Este edificio, del que no sabemos si fue realizado por cuenta propia, o por encargo del propietario, es de 1956.

Pero el estilo es del treinta y tantos, un racionalismo muy personal con algo de cubismo, con tratamiento escultórico en el revestimiento de la entrada, y un aire modernista que ya atrasaba para esa época. Y que sobre todo, quizás por prudencia, guarda escasa relación con su obra anterior.

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Un disgusto habitual: algo corta la unidad del edificio: una vulgar cobertura metálica, un cachivache que da sobre el último piso de la calle Ayacucho y que es realmente una afrenta que debería ser retirada con el auxilio de la fuerza pública.

Las obras de Salamone, extraordinariamente fantásticas para esa época y para cualquier otra, están, hoy día, catalogadas y protegidas como monumentos históricos. Son motivo de atracción turística, se han hecho películas documentales y exposiciones fotográficas sobre ellas, y constantemente aparecen comentarios en todos los medios, en los que se ensayan interpretaciones diversas.

Nuestra opinión bien pensante de hace unos años es que eran todas y cada una de ellas irredimibles mamarrachos. Hoy creemos que la inclasificable obra salamónica es un delirio, sin parentesco con nada conocido. Pero, sin duda, el delirio de un genio.

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