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#90 • Febrero 2014 Año V Arquitectura Curiosidades Grandes Casas Inglés Patrimonio Tudor Victoriano

Juncal 2375

por Enrique Espina Rawson / Fotos: Iuri Izrastzoff
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Es uno de los más representativos edificios victorianos de Buenos Aires. Sabemos que este estilo surge en la Inglaterra de la reina Victoria, a mediados del siglo XIX, y tuvo influencia no solamente en la arquitectura sino también en la moda, la literatura, las artes decorativas, y hasta en el ethos de la época. Si bien no hemos podido acceder al nombre de los profesionales responsables de esta obra, podemos calcular su antigüedad entre, digamos, el 900 y el 1920, seguramente más cerca de la primera fecha que de la segunda.

Por esos años, y quizás por influencia del diseño de las clásicas estaciones de tren, se revalorizó localmente este estilo, adaptándolo a casas de renta, como en este caso, y a muchos chalets que, afortunadamente, subsisten principalmente en la línea Norte, desde Belgrano hasta San Isidro, que remedaron con éxito y calidad la arquitectura rural de las campiñas inglesas.

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Involuntariamente, al menos en el imaginario popular, estas mansiones se asocian automáticamente a la literatura gótica, plagada de sombrías y enormes residencias, monasterios abandonados, bandadas de murciélagos y/o vampiros, y espeluznantes apariciones que hacían las delicias (y los espantos) de los sensibles lectores de antaño.

Este edificio que nos ocupa, netamente una recreación victoriana del Tudor, no obstante su severo exterior, sus ojivas evocadoras de claustros y conventos, y sus oscuros ventanales, no nos lleva a pensar en fantasmas ni apariciones. Por el contrario, a través de su puerta principal puede observarse un grande y luminoso espacio, casi un jardín, que da acceso a los distintos departamentos de planta baja y primer piso que lo componen, y que alegra el ánimo de solo verlo. Esta amable disposición, que tienen muy pocos edificios de Buenos Aires, permite a sus ocupantes imaginarse en una casa, ya que las ventanas dan a ese espacio común ornado de plantas y flores.

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También hay dos entradas particulares, que dan a dos, esta vez sí, casi auténticas casas (sobre el 2371 y 2375 de Juncal) ya que no comparten espacios con sus vecinos.

El frente de este edificio se encuentra algo deteriorado, advirtiéndose manchas de humedad, y algunas imperfecciones en los revoques, pero son cosas de poca monta, debiendo valorizarse, en cambio, la integridad de todos los elementos de decoración de la fachada, y, principalmente, la calidad y estilo de las aberturas de madera.

Una vez dentro la casa, los palieres dan acceso a cuatro unidades, dos en la planta baja, y los otros dos al primer piso, teniendo una gran superficie vidriada común a los dos niveles, lo que proporciona una gran luminosidad a estos ambientes, de generosas proporciones.

Los departamentos en su mayoría han sido reciclados, y se les ha ganado mucha superficie, con la inserción de entrepisos, posibles gracias a la altura original de estas plantas.

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Creo que uno de los atractivos de este “complejo”, tan original y sensato para esos años, es, para quien transpone el umbral, la sensación que no se accede a una casa, sino a otro mundo y, sobretodo, a otra época. Si alguien que hubiera vivido allá en décadas lejanas, pudiera asomarse al interior, no vería cambio alguno, y quizás sólo se extrañaría por no conocer a sus vecinos.

Muy cerca de este edificio que hoy nos ocupa, se encuentra otro, de muchas mayores dimensiones, y seguramente, del mismo arquitecto, que presenta características similares. Hacemos esta aclaración para que no se despierten suspicacias de favoritismos ni se nos acuse de parcialidad ni de pactos espureos en estos tiempos de ánimos caldeados. Oportunamente, iremos por el. Prometido.

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