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Lavalle 1790

por Enrique Espina Rawson / Fotos: Iuri Izrastzoff
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Puede leerse “Oscar Schoo Lastra – Arquitecto – 1924” sobre la fachada del gran edificio de Callao, esquina Lavalle. Las entradas corresponden a Lavalle 1790, y Callao 483, respectivamente. La de Callao parece clausurada, y la de Lavalle, evidentemente, ha sido muy modificada para dar funcionalidad a un gran establecimiento de medicina social que ocupa actualmente este edificio.

Su concepción, de diseño clasicista, se corresponde exactamente a las pautas culturales de esa primera mitad de los años veinte del siglo pasado, eludiendo las excentricidades del Palacio Barolo, y la severidad prusiana del Otto Wülff, dos clásicos exponentes de los primeros rascacielos porteños.

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Sin duda que este edificio, (que curiosamente no tiene nombre cuando tantos que no podrían equiparársele han sido bautizados) bien merece, con sus setenta metros de altura figurar en esta categoría de los peso pesados de Buenos Aires.

Tiene diez pisos que suponemos que en sus primeros años fueron departamentos de gran categoría como lo indica la calidad de lo que puede apreciarse de su exterior, y una torre-cúpula que podría ser entendida casi como una edificación aparte, montada sobre la azotea de un inmueble preexistente.

Desde luego que no es así, pero la importante presencia de este singularísimo apéndice, es lo que caracteriza a esta gran construcción como una de las más interesantes del patrimonio porteño.

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Esta torre-cúpula tiene -al menos- tres pisos, cuyas elegantes ventanas se pueden apreciar desde todos los ángulos y que despiertan la intriga de quienes las observan, especialmente de noche, cuando están iluminadas.

Aunque lo parecen, no podemos afirmar que estén habitadas, pero sí que bien lo merecerían. Su exterior está muy cuidado, y suponemos que su interior debe ser de madera montada sobre estructuras de hierro, como eran habitualmente estas cúpulas.

Al contemplarlo, no podemos dejar de evocar las historias de astrónomos locos o de alquimistas practicando sus experimentos en noches de tormenta, observados por la sigilosa mirada del infaltable gato negro.

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Arriesgamos que en el nivel superior debe estar el tanque de agua que alimenta el edificio. Esta extraordinaria cúpula se remata con el consabido mirador (¿alguien habrá subido allá alguna vez?) seguramente hoy poblado de nidos. Pero ahí no termina esto. Del techo de este mirador o minarete surge una enorme lanza o flecha metálica -quizás pararrayos-, que estiliza aún más el diseño de esta incomparable estructura. Sin duda, sólo podría estar en Buenos Aires, ciudad de las cúpulas.

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