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#09 • Mayo 2010 Año I Cultura Escritores Fundadores Jorge Luis Borges Personajes

El Centinela

por Enrique Espina Rawson / Fotos: Iuri Izrastzoff
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De quienes fueron, podríamos interrogarnos con Borges: “¿Donde estarán? pregunta la elegía- de quienes ya no son, como si hubiera- una región en que el Ayer pudiera- ser el Aún, el Hoy y el Todavía.”

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Esta inmemorial pregunta sólo tiene respuesta en las teologías. Pero, si quisiéramos saber donde están las cosas de Borges, entendiendo por cosas todas las primeras ediciones de sus libros, sus bastones, las fotos, las cartas de su madre, sus obras traducidas a todos los idiomas, los artículos periodísticos y todo aquello que compone el inventario que acompaña a alguien en su vida, hay respuesta.

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Todo eso, y mucho más, como las colecciones completas de Sur, de Nosotros, de Caras y Caretas, de infinidad de mini-curiosidades de incierta catalogación cuya sola descripción agotaría una vida, es posesión de una persona. Que además duplicó su tenencia, ya que todas y cada una de estas piezas están microfilmadas y archivadas, en previsión de incendio, inundación, guerra civil, ataque terrorista, piquetes patrióticos o terremoto.

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Esta apabullante colección comenzó a formarse a principio de los 70, cuando Alejandro Vaccaro se enteró que su admirado JLBorges había prohibido la reedición de tres de sus obras: “El idioma de los argentinos”, “El tamaño de mi esperanza”, “Inquisiciones”. Conciente que su múltiple condición de peronista, hincha de Boca y devoto admirador de JLB lo habilitaba para investigar sospechadas claves en esas obras interdictas, se dedicó a buscarlas. Las encontró. Para su decepción, los libros no contenían mensajes particulares. Eran tres libros más de Borges, tan al nivel de los otros libros de Borges como cualquiera.

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Como la búsqueda le había impreso cierta notoriedad en el círculo de las librerías de viejo, comenzaron a lloverle ofertas. Accedió a la mayoría de ellas, y pronto se vio viajando a Europa, a detectar huellas de los viajes y estadías de Borges en Suiza, en Madrid, en Mallorca y en recuperar testimonios, cuadernos, cartas, artículos, algún par de anteojos…

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Investigó en los archivos de los colegios en los que Borges estudió, constató los nombres de sus compañeros, rastreo la correspondencia entre ellos. No dejó pista ni resquicio por verificar. Así comprobó al buscar la partida de nacimiento de Jorge Luís, que en realidad Borges era Jorge Francisco Isidoro ¿Y el Luís?

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Al correr de los años, y con la universalización de la obra de Borges, hubo que conseguir las primeras ediciones de las traducciones al árabe, al coreano, al cirílico, al japonés, al farsi, además de las consabidas al inglés, francés, alemán, italiano, ruso, sueco…Babel, en síntesis.

Fundó la Asociación Borgesiana de Buenos Aires, junto a un grupo de amigos escritores.

Tuvo que ofertar en subastas, adquirir manuscritos, entrevistarse con poseedores supuestos o reales de curiosísimas minucias, supuestas o reales, viajar, y sobretodo organizarse y organizar toda esa barahunda que necesitaba ser colocada, no en cualquier lugar, sino en su preciso lugar, catalogada y relacionada con las montañas de cosas que también querían su lugar y su relación general y particular.

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Para eso debió asesorarse en artesanías y en electrónica; aprender cosas que ignoraba, como encuadernación y restauración del papel, códigos de clasificación, rastrear información en Internet y tantas cosas derivadas, sin duda, de la búsqueda de esos tres libros que Borges prohibió reimprimir.

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Borges ha dicho que existe un instante en la vida en que descubrimos quienes somos.

Y, seguramente el instante en que Vaccaro se hizo de esas obras habrá entrevisto que su vida asumía su verdadero destino. Y a que a ese destino debía entregar los minutos, horas y días de la vida; en definitiva su vida, propia y única.

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De coleccionista había un solo paso a la escritura. Y así, entre otras obras surgieron tres libros sobre Borges: “Georgia: 1899-1930”; “El Sr. Borges” y “Borges-Vida y Literatura”. De allí a las conferencias, a las exposiciones por el mundo, al requerimiento constante de investigadores, curiosos y coleccionistas. Un paso más. Se presenta como candidato a presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, y es electo. Otro paso: en un armario de la SADE lleno de trastos viejos a punto de ser echados a un volquete, Vaccaro encuentra carpetas olvidadas conteniendo quizás, el mayor tesoro de manuscritos originales de nuestro país. ¿Otro llamado del destino? Si, claro. Volveremos sobre el tema, o si prefieren: Continuará.

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