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#04 • Febrero 2010 Año I Barrios Costumbres Historia

Cines de barrio (segunda parte)

por Enrique Espina Rawson / Fotos: Archivo
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Generalmente se pasaban tres o cuatro películas, de distintas épocas y géneros diversos. Estaban las de “aventuras”, las de “cow-boys”, las de “guerra”, y todas merecían algún breve comentario en el programa, como para que el espectador tuviera una referencia previa a la exhibición y supiera a que atenerse.
Las únicas películas que no interesaban eran las “de amor”. El género romántico no llamaba aún la atención de los asistentes, (casi diríamos que más bien era despreciado) cuyas edades oscilaban entre los 7 y los 12 años, y los empresarios, expertos conocedores del gusto infantil, se abstenían de ofrecer esta clase de espectáculos a sus exigentes espectadores.
Entre película y película se encendían las luces, volvía el grito del heladero y la mitad del cine abandonaba sus asientos y salía al hall o incluso a la calle, y aquí comenzaba la desesperación de los acomodadores. En efecto, los que se ausentaban momentáneamente debían solicitar la “contraseña”. La importancia de tan fundamental documento no condecía con su aspecto exterior. Se trataba generalmente de un ajado trozo de cartón con un número, y en el reverso un sello o un garabato incomprensible. Muchos de los que volvían a entrar alegaban su pérdida, lo que suscitaba agrias discusiones entre los chicos y la representación empresarial, encarnada en los susodichos acomodadores.
Por supuesto, se trataba de la simple estratagema de entregar la contraseña a un amigo que no había pagado su entrada, y así facilitar su ingreso gratuito. Esta consabida maniobra casi siempre daba los resultados apetecidos, aunque era riesgosa su repetición.
Volviendo a los textos de los programas, el concurrente veterano sabía bien que estos obedecían más a rigurosos cánones preestablecidos, que a las virtudes literarias de sus redactores. Así el comentario de más de una película, nos aseguraba “intensas emociones que lo harán estremecer en su butaca”, y cualquier film del montón era presentado invariablemente como “choque de incontenibles pasiones al rojo vivo”.
La salida del cine era más tumultuosa que la entrada. El bullicio se prolongaba algunos minutos, pero al fin, inexorablemente, la dura y cotidiana realidad se imponía con la vuelta a la casa, la comida y los deberes para mañana. Todas las aventuras que se habían vivido en la pantalla, serían revividas durante toda la semana con entusiasmo: ¿Te acordás de la parte en que el sube y el otro tipo lo está esperando y….? O:” No, no… mejor cuando le pegan el tiro y antes de morir le dice al amigo…”.
Lo cierto es que la vida transcurría en dos dimensiones, y la de la pantalla no era la menos importante. Y ¡cuántos cines había! No digamos los de la calle Lavalle, tres cuadras uno al lado del otro en las dos veredas, sino en cualquier parte.
Tomemos por ejemplo la avenida Santa Fe, en un tramo de seis o siete cuadras. Estaba el Palais Blanc, a la altura de Sánchez de Bustamante, el Grand Palais, entre Laprida y Anchorena, el Palais Bleu, entre Pueyrredón y Ecuador, el Palais Royal, entre Pueyrredón y Larrea y podríamos seguir. Todos con sus secciones Matinée, Vermouth y Noche, todos con distinto público y distintas programaciones.
Muchas de ellos sucumbieron, y otros, muy pocos, fueron salvados por acciones de vecinos y asociaciones culturales que quisieron conservar para el barrio salas emblemáticas que llenaron de aventuras, fantasías y recuerdos la vida de muchas generacionesGeneralmente se pasaban tres o cuatro películas, de distintas épocas y géneros diversos. Estaban las de “aventuras”, las de “cow-boys”, las de “guerra”, y todas merecían algún breve comentario en el programa, como para que el espectador tuviera una referencia previa a la exhibición y supiera a que atenerse.
Las únicas películas que no interesaban eran las “de amor”. El género romántico no llamaba aún la atención de los asistentes, (casi diríamos que más bien era despreciado) cuyas edades oscilaban entre los 7 y los 12 años, y los empresarios, expertos conocedores del gusto infantil, se abstenían de ofrecer esta clase de espectáculos a sus exigentes espectadores.
Entre película y película se encendían las luces, volvía el grito del heladero y la mitad del cine abandonaba sus asientos y salía al hall o incluso a la calle, y aquí comenzaba la desesperación de los acomodadores. En efecto, los que se ausentaban momentáneamente debían solicitar la “contraseña”. La importancia de tan fundamental documento no condecía con su aspecto exterior. Se trataba generalmente de un ajado trozo de cartón con un número, y en el reverso un sello o un garabato incomprensible. Muchos de los que volvían a entrar alegaban su pérdida, lo que suscitaba agrias discusiones entre los chicos y la representación empresarial, encarnada en los susodichos acomodadores.
Por supuesto, se trataba de la simple estratagema de entregar la contraseña a un amigo que no había pagado su entrada, y así facilitar su ingreso gratuito. Esta consabida maniobra casi siempre daba los resultados apetecidos, aunque era riesgosa su repetición.
Volviendo a los textos de los programas, el concurrente veterano sabía bien que estos obedecían más a rigurosos cánones preestablecidos, que a las virtudes literarias de sus redactores. Así el comentario de más de una película, nos aseguraba “intensas emociones que lo harán estremecer en su butaca”, y cualquier film del montón era presentado invariablemente como “choque de incontenibles pasiones al rojo vivo”.
La salida del cine era más tumultuosa que la entrada. El bullicio se prolongaba algunos minutos, pero al fin, inexorablemente, la dura y cotidiana realidad se imponía con la vuelta a la casa, la comida y los deberes para mañana. Todas las aventuras que se habían vivido en la pantalla, serían revividas durante toda la semana con entusiasmo: ¿Te acordás de la parte en que el sube y el otro tipo lo está esperando y….? O:” No, no… mejor cuando le pegan el tiro y antes de morir le dice al amigo…”.
Lo cierto es que la vida transcurría en dos dimensiones, y la de la pantalla no era la menos importante. Y ¡cuántos cines había! No digamos los de la calle Lavalle, tres cuadras uno al lado del otro en las dos veredas, sino en cualquier parte.
Tomemos por ejemplo la avenida Santa Fe, en un tramo de seis o siete cuadras. Estaba el Palais Blanc, a la altura de Sánchez de Bustamante, el Grand Palais, entre Laprida y Anchorena, el Palais Bleu, entre Pueyrredón y Ecuador, el Palais Royal, entre Pueyrredón y Larrea y podríamos seguir. Todos con sus secciones Matinée, Vermouth y Noche, todos con distinto público y distintas programaciones.
Muchas de ellos sucumbieron, y otros, muy pocos, fueron salvados por acciones de vecinos y asociaciones culturales que quisieron conservar para el barrio salas emblemáticas que llenaron de aventuras, fantasías y recuerdos la vida de muchas generaciones.Generalmente se pasaban tres o cuatro películas, de distintas épocas y géneros diversos. Estaban las de “aventuras”, las de “cow-boys”, las de “guerra”, y todas merecían algún breve comentario en el programa, como para que el espectador tuviera una referencia previa a la exhibición y supiera a que atenerse.
Las únicas películas que no interesaban eran las “de amor”. El género romántico no llamaba aún la atención de los asistentes, (casi diríamos que más bien era despreciado) cuyas edades oscilaban entre los 7 y los 12 años, y los empresarios, expertos conocedores del gusto infantil, se abstenían de ofrecer esta clase de espectáculos a sus exigentes espectadores.
Entre película y película se encendían las luces, volvía el grito del heladero y la mitad del cine abandonaba sus asientos y salía al hall o incluso a la calle, y aquí comenzaba la desesperación de los acomodadores. En efecto, los que se ausentaban momentáneamente debían solicitar la “contraseña”. La importancia de tan fundamental documento no condecía con su aspecto exterior. Se trataba generalmente de un ajado trozo de cartón con un número, y en el reverso un sello o un garabato incomprensible. Muchos de los que volvían a entrar alegaban su pérdida, lo que suscitaba agrias discusiones entre los chicos y la representación empresarial, encarnada en los susodichos acomodadores.
Por supuesto, se trataba de la simple estratagema de entregar la contraseña a un amigo que no había pagado su entrada, y así facilitar su ingreso gratuito. Esta consabida maniobra casi siempre daba los resultados apetecidos, aunque era riesgosa su repetición.
Volviendo a los textos de los programas, el concurrente veterano sabía bien que estos obedecían más a rigurosos cánones preestablecidos, que a las virtudes literarias de sus redactores. Así el comentario de más de una película, nos aseguraba “intensas emociones que lo harán estremecer en su butaca”, y cualquier film del montón era presentado invariablemente como “choque de incontenibles pasiones al rojo vivo”.
La salida del cine era más tumultuosa que la entrada. El bullicio se prolongaba algunos minutos, pero al fin, inexorablemente, la dura y cotidiana realidad se imponía con la vuelta a la casa, la comida y los deberes para mañana. Todas las aventuras que se habían vivido en la pantalla, serían revividas durante toda la semana con entusiasmo: ¿Te acordás de la parte en que el sube y el otro tipo lo está esperando y….? O:” No, no… mejor cuando le pegan el tiro y antes de morir le dice al amigo…”.
Lo cierto es que la vida transcurría en dos dimensiones, y la de la pantalla no era la menos importante. Y ¡cuántos cines había! No digamos los de la calle Lavalle, tres cuadras uno al lado del otro en las dos veredas, sino en cualquier parte.
Tomemos por ejemplo la avenida Santa Fe, en un tramo de seis o siete cuadras. Estaba el Palais Blanc, a la altura de Sánchez de Bustamante, el Grand Palais, entre Laprida y Anchorena, el Palais Bleu, entre Pueyrredón y Ecuador, el Palais Royal, entre Pueyrredón y Larrea y podríamos seguir. Todos con sus secciones Matinée, Vermouth y Noche, todos con distinto público y distintas programaciones.
Muchas de ellos sucumbieron, y otros, muy pocos, fueron salvados por acciones de vecinos y asociaciones culturales que quisieron conservar para el barrio salas emblemáticas que llenaron de aventuras, fantasías y recuerdos la vida de muchas generaciones.Generalmente se pasaban tres o cuatro películas, de distintas épocas y géneros diversos. Estaban las de “aventuras”, las de “cow-boys”, las de “guerra”, y todas merecían algún breve comentario en el programa, como para que el espectador tuviera una referencia previa a la exhibición y supiera a que atenerse.
Las únicas películas que no interesaban eran las “de amor”. El género romántico no llamaba aún la atención de los asistentes, (casi diríamos que más bien era despreciado) cuyas edades oscilaban entre los 7 y los 12 años, y los empresarios, expertos conocedores del gusto infantil, se abstenían de ofrecer esta clase de espectáculos a sus exigentes espectadores.
Entre película y película se encendían las luces, volvía el grito del heladero y la mitad del cine abandonaba sus asientos y salía al hall o incluso a la calle, y aquí comenzaba la desesperación de los acomodadores. En efecto, los que se ausentaban momentáneamente debían solicitar la “contraseña”. La importancia de tan fundamental documento no condecía con su aspecto exterior. Se trataba generalmente de un ajado trozo de cartón con un número, y en el reverso un sello o un garabato incomprensible. Muchos de los que volvían a entrar alegaban su pérdida, lo que suscitaba agrias discusiones entre los chicos y la representación empresarial, encarnada en los susodichos acomodadores.
Por supuesto, se trataba de la simple estratagema de entregar la contraseña a un amigo que no había pagado su entrada, y así facilitar su ingreso gratuito. Esta consabida maniobra casi siempre daba los resultados apetecidos, aunque era riesgosa su repetición.
Volviendo a los textos de los programas, el concurrente veterano sabía bien que estos obedecían más a rigurosos cánones preestablecidos, que a las virtudes literarias de sus redactores. Así el comentario de más de una película, nos aseguraba “intensas emociones que lo harán estremecer en su butaca”, y cualquier film del montón era presentado invariablemente como “choque de incontenibles pasiones al rojo vivo”.
La salida del cine era más tumultuosa que la entrada. El bullicio se prolongaba algunos minutos, pero al fin, inexorablemente, la dura y cotidiana realidad se imponía con la vuelta a la casa, la comida y los deberes para mañana. Todas las aventuras que se habían vivido en la pantalla, serían revividas durante toda la semana con entusiasmo: ¿Te acordás de la parte en que el sube y el otro tipo lo está esperando y….? O:” No, no… mejor cuando le pegan el tiro y antes de morir le dice al amigo…”.
Lo cierto es que la vida transcurría en dos dimensiones, y la de la pantalla no era la menos importante. Y ¡cuántos cines había! No digamos los de la calle Lavalle, tres cuadras uno al lado del otro en las dos veredas, sino en cualquier parte.
Tomemos por ejemplo la avenida Santa Fe, en un tramo de seis o siete cuadras. Estaba el Palais Blanc, a la altura de Sánchez de Bustamante, el Grand Palais, entre Laprida y Anchorena, el Palais Bleu, entre Pueyrredón y Ecuador, el Palais Royal, entre Pueyrredón y Larrea y podríamos seguir. Todos con sus secciones Matinée, Vermouth y Noche, todos con distinto público y distintas programaciones.
Muchas de ellos sucumbieron, y otros, muy pocos, fueron salvados por acciones de vecinos y asociaciones culturales que quisieron conservar para el barrio salas emblemáticas que llenaron de aventuras, fantasías y recuerdos la vida de muchas generaciones.

Generalmente se pasaban tres o cuatro películas, de distintas épocas y géneros diversos. Estaban las de “aventuras”, las de “cow-boys”, las de “guerra”, y todas merecían algún breve comentario en el programa, como para que el espectador tuviera una referencia previa a la exhibición y supiera a que atenerse.
Las únicas películas que no interesaban eran las “de amor”. El género romántico no llamaba aún la atención de los asistentes, (casi diríamos que más bien era despreciado) cuyas edades oscilaban entre los 7 y los 12 años, y los empresarios, expertos conocedores del gusto infantil, se abstenían de ofrecer esta clase de espectáculos a sus exigentes espectadores.

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Entre película y película se encendían las luces, volvía el grito del heladero y la mitad del cine abandonaba sus asientos y salía al hall o incluso a la calle, y aquí comenzaba la desesperación de los acomodadores. En efecto, los que se ausentaban momentáneamente debían solicitar la “contraseña”. La importancia de tan fundamental documento no condecía con su aspecto exterior. Se trataba generalmente de un ajado trozo de cartón con un número, y en el reverso un sello o un garabato incomprensible. Muchos de los que volvían a entrar alegaban su pérdida, lo que suscitaba agrias discusiones entre los chicos y la representación empresarial, encarnada en los susodichos acomodadores.
Por supuesto, se trataba de la simple estratagema de entregar la contraseña a un amigo que no había pagado su entrada, y así facilitar su ingreso gratuito. Esta consabida maniobra casi siempre daba los resultados apetecidos, aunque era riesgosa su repetición.

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Volviendo a los textos de los programas, el concurrente veterano sabía bien que estos obedecían más a rigurosos cánones preestablecidos, que a las virtudes literarias de sus redactores. Así el comentario de más de una película, nos aseguraba “intensas emociones que lo harán estremecer en su butaca”, y cualquier film del montón era presentado invariablemente como “choque de incontenibles pasiones al rojo vivo”.

La salida del cine era más tumultuosa que la entrada. El bullicio se prolongaba algunos minutos, pero al fin, inexorablemente, la dura y cotidiana realidad se imponía con la vuelta a la casa, la comida y los deberes para mañana. Todas las aventuras que se habían vivido en la pantalla, serían revividas durante toda la semana con entusiasmo: ¿Te acordás de la parte en que el sube y el otro tipo lo está esperando y….? O:” No, no… mejor cuando le pegan el tiro y antes de morir le dice al amigo…”.

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Lo cierto es que la vida transcurría en dos dimensiones, y la de la pantalla no era la menos importante. Y ¡cuántos cines había! No digamos los de la calle Lavalle, tres cuadras uno al lado del otro en las dos veredas, sino en cualquier parte.
Tomemos por ejemplo la avenida Santa Fe, en un tramo de seis o siete cuadras. Estaba el Palais Blanc, a la altura de Sánchez de Bustamante, el Grand Palais, entre Laprida y Anchorena, el Palais Bleu, entre Pueyrredón y Ecuador, el Palais Royal, entre Pueyrredón y Larrea y podríamos seguir. Todos con sus secciones Matinée, Vermouth y Noche, todos con distinto público y distintas programaciones.

Muchos de ellos sucumbieron, y otros, muy pocos, fueron salvados por acciones de vecinos y asociaciones culturales que quisieron conservar para el barrio salas emblemáticas que llenaron de aventuras, fantasías y recuerdos la vida de muchas generaciones.

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