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#20 • Noviembre 2010 Año I Costumbres Idiosincrasia

Cerveza (tercera parte)

por Enrique Espina Rawson / Fotos: Iuri Izrastzoff
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¿Y la malta? Durante muchísimo tiempo era considerada la bebida ideal para las madres que amamantaban a sus bebés, y aunque se intentó imponerla para la mesa diaria, no tuvo aceptación, tal vez por su sabor de espesa dulzura.

La característica principal de la cerveza es, sin duda, el toque amargo tan especial que la caracteriza. No todos saben que se debe al lúpulo, planta que se cultiva con ese fin, especialmente en la provincia de Río Negro, y de la cual sólo se utilizan las flores para la elaboración de la cerveza.

Siempre se consumió cerveza en nuestro país, y aún podemos ver por ahí los porrones de barro cocido, rústicos envases de antaño, y hoy adornos de colección. Pero, a pesar del incremento enorme del consumo logrado de unos años a esta parte, el espíritu ha cambiado.

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Primero, porque a nadie se le hubiera ocurrido que la cerveza se podía vender en latas, o que se podía comprar en quioscos, en expendedores automáticos y casi en cualquier lado.

Después, porque ir a tomar una cerveza era una proposición que se aceptaba con júbilo, constituía un programa, una diversión, era como redescubrir algo que necesitábamos y no nos dábamos cuenta. El sentarse en una mesa en la vereda, y esperar que el mozo trajera los consabidos chops alentaba el buen humor, era una forma de la felicidad. Modesta, si se quiere pero felicidad al fin. Momentánea, claro, pero ¿hay alguna que no lo sea?

Por ese tiempo, más o menos, el chop empezó a perder terreno con la llegada de los balones, que eran más o menos lo mismo en cantidad, pero la copa de este último carecía de manija.

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También estaban los fanfarrones que amontonaban los cartoncitos que hacían de posa vasos, para impresionar a quien se arrimara a la mesa con la cantidad de chops consumidos, y estos, fueron luego suplantados por aquellos que directamente pedían una jarra enorme de cerveza o un chop descomunal de uno o dos litros (que no sabemos como se llamaban) para suscitar el comentario asombrado de los contertulios.

¡Torpe expediente, sin duda! A la incomodidad de llevarse a los labios semejantes recipientes, se le sumaba otra peor. La bebida, al tardar en ser consumida iba perdiendo el frío y efervescencia inicial hasta transformarse en algo similar al líquido del mismo color que todos producimos diariamente.

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El mayor consumo de hoy no está en esas clásicas formas de beber. Los principales clientes de la actualidad lo constituyen los innumerables y confusos grupos de muchachos sentados por las noches en los umbrales que, invierno y verano, toman sus birras ritualmente, sin gusto ni placer; tomando aburridamente… porque es lo que se hace, porque es más barato… y los vemos tomando de la botella, atorándose de espuma y de un líquido que, vacío de espíritu y gracia, sólo es un torvo pretexto para matar el tiempo de alguna manera.

Hacemos votos para que la cerveza retorne a los familiares ámbitos del chop y del imperial en la compañía de sus insustituibles compañeros: maníes y papas fritas.

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