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#20 • Noviembre 2010 Año I Costumbres

De remates (primera parte)

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Nadie- salvo los catálogos o el martillero en funciones-  para decir remate, habla de “subasta”.

“A Fulano le van a rematar la casa” o “está loco de remate” corroboran la afirmación. Pero tanto la rebuscada subasta como el familiar remate, contienen para el neófito elementos de sugestión y de misterio, de peligros y oportunidades que sólo- sospecha- personas duchas pueden eludir o aprovechar convenientemente.

Hasta no hace mucho, en la calle Lavalle existía una suerte de remate al paso, en alguna joyería de mala muerte. Muy simple: un cartel colorado que tanto podía decir “Judicial” como “Por desalojo” sobre el frente del minúsculo local daba el marco de espectacularidad requerido, sumándose todo el consabido aparato: varios mirones o cómplices que parecían hacer ofertas ante un audaz vociferador que peroraba ante un gangoso micrófono ofreciendo oportunidades únicas a los transeúntes: relojes pulsera de vistosa apariencia, cadenitas o prendedores de puro oro 24 kilates, invalorables joyas jamás vistas….

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La mayoría de los transeúntes pasaba de largo, pero nunca faltaba algún cándido que se paraba unos instantes a ver que era aquel revuelo. Cualquier mínimo pestañeo era pretexto para que el personaje de la tarima, adjudicara la invalorable alhaja al inocente espectador mientras alababa su perspicacia y buen ojo, invitándolo a pasar por el fondo para cerrar la operación.

Generalmente la víctima, un poco por miedo a la retahíla de palabras ampulosas del macaneador que mencionaba artículos de leyes inexistentes, y se floreaba citando disposiciones del juzgado a cargo del juez tal o cual, y otro tanto por creer que, efectivamente, había realizado una compra muy ventajosa, terminaba llevándose la fabulosa alhaja o el incandescente reloj.

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Al poco rato, sin duda, comprobaba con desazón el valor ínfimo o nulo del objeto en cuestión. La vergüenza de su impericia y el miedo al ridículo frustraba todo intento de reclamo, y el “remate” , seguía así día tras día, vendiendo por monedas “al alcance del más modesto de los bolsillos”, invalorable, y, al parecer, inacabable mercadería para los gustos más exigentes.

Otro curioso recurso que creemos aún tiene vigencia: El enorme cartelón rojo que anuncia una increíble “Venta Extrajudicial”, que no es otra cosa que cualquiera de las millones de ventas que se realizan a diario en cualquier kiosco, verdulería o lo que sea, sin que intervengan jueces ni fiscales.

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Es inobjetable. ¿Quién puede reclamar porque se proclame en un cartel verdad tan incuestionable?

Por supuesto, hay otros remates. Si nos dan tiempo, volveremos sobre el tema.

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