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#02 • Enero 2010 Año I Escritores Fundadores

Manucho Mujica Láinez (1910-84)

por Enrique Espina Rawson / Fotos: Iuri Izrastzoff
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Manucho Mujica Lainez

Del universo de los personajes creados por Manuel Mujica Lainez en medio siglo de escritura, ninguno se igualó al que hizo de su propia persona en la vida real: Manucho. No necesitaba apellido ¿para qué? ¿Es que acaso había otro Manucho en Buenos Aires? Tan simpático, tan personal, tan gracioso, tan irónico, tan tantas cosas, todas admirables, Manucho fue capaz, sin embargo, como todo transgresor, de una travesura que no debió haber hecho: hacernos olvidar a Mujica Lainez. ¿Qué extraordinaria aventura del hombrecito del azulejo o que desdicha del duque Orsini urdida por el escritor Mujica Lainez podría superar en interés al que suscitaban las anécdotas que Manucho contaba de Manucho? ¿Quien, pero quien sino el, era capaz de relatar como si tal cosa su viaje en el “Graff Zeppelín”, o sus inverosímiles andanzas en China durante la invasión japonesa, o el infortunio de las antiguas estatuas de su quinta, que luego de sobrevivir a la Revolución Francesa y a las guerras napoleónicas terminaron mutiladas por ignorados e ignorantes intrusos? Lo más asombroso e inesperado es que todo era escrupulosamente verídico.

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La extraordinaria máscara de su rostro, su capacidad histriónica, su repentismo, su ironía, tan festejada como temida, su disfraz de dandy que ocultaba al dandy que en verdad era, lo hubieran convertido, si se lo hubiera propuesto, en una celebridad teatral. Y lo fue, en cierto modo, no en las tablas, claro, pero si en los cenáculos, en las tertulias, y ya, en sus últimos años, en serias audiciones de televisión que su intervención trastocaba muchas veces en desopilantes shows.

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Mujica Lainez, sobre todo un hombre, un instalado y tenaz habitante de Buenos Aires, fue el mejor cronista del pasado porteño, y el insustituible testigo de su propia época. Sus ancestros porteños lo vinculaban a tradicionales familias nuestras, y de aquel viejo patriciado criollo nutrió la mayoría de sus personajes. Ahí están las biografías de Miguel Cané (padre del de “Juvenilia”) de Aniceto el Gallo -Hilario Ascasubi- y de Anastasio el Pollo -Estanislao del Campo-, ahí están los habitantes de las viejas quintas del pago de San Isidro, en la señorial sencillez de sus vidas.

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Y sobre todo su propia aureola, ese clima tan suyo, tan elegante y liviano que hacía invisible la carga de sólida erudición que disimulaba atrás de la sonrisa escéptica y algo melancólica de quien ha vivido mucho.

Manuel Mujica Lainez fue -¡quien puede dudarlo!- uno de los principales escritores argentinos. Pero nos atreveríamos a decir que su inmensa y formidable obra literaria, superior a muchas y no inferior a ninguna, y pese a todo lo que se diga, al día de hoy, no acaba de ser reconocida en su plenitud. Se interpone entre ella y el lector el monóculo, el clavel en el ojal, y el bastón con empuñadura de plata del último dandy porteño: Manucho.

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