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#11 • Junio 2010 Año I Arquitectura Edificios Historia Instituciones Patrimonio Racionalista

A.C.A.

por Enrique Espina Rawson / Fotos: Belén Bejarano
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Es una época, más que un edificio. Comenzado en 1942 y terminado en 1943 nos habla de la inaudita celeridad con que se construía en esos tiempos, sobre todo si consideramos que no se contaba con muchos recursos técnicos del presente.

Debe ser uno de los poquísimos edificios privados que tiene el porte y la imponencia de las grandes obras públicas que caracterizaron a Buenos Aires en la primera mitad del siglo XX. Hablamos de edificios oficiales, como la estación Retiro, el edificio de Obras Sanitarias, el teatro Colón, en fin, perdurables y clásicos monumentos arquitectónicos que siguen sosteniendo nuestro espíritu, desde la solidez de sus cimientos y la tocante belleza de sus fachadas.

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El Automóvil Club había sido fundado mucho antes, exactamente el 11 de junio de 1904, a instancias de un núcleo de distinguidos “sportmen” porteños, que veían el futuro del transporte en los vehículos mecánicos. Su primer presidente fue don Dalmiro Varela Castex, que fue también quien primero importó de Europa uno de esos estrepitosos carros sin caballos que asustaban a las ancianas y espantaban a los perros.

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La sede del ACA fue cambiando con los años, pero es a partir de la década del 30, con la apertura y pavimentación de las grandes rutas nacionales, que la entidad crece en forma proporcional a los kilómetros de caminos y al paralelo desarrollo del parque automotor.

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La red de estaciones de servicio que el ACA levantó en todo el país, en unión comercial con YPF, dio un impulso formidable al transporte y al turismo.

Se imponía ya la creación de una gran sede central, que fuera la casa propia, pero que también mostrara físicamente la expansión que la dinámica de crecimiento había impuesto a la romántica asociación de deportistas del volante de principios de siglo.

Y así fue que se convocó a los principales estudios de arquitectura para proyectar y concretar la obra. Fueron los estudios de Antonio Vilar, Héctor Morixe y Jorge Bunge, unidos a los de Sánchez, Lagos y de la Torre y Jacobs, Jiménez y Falomir quienes definieron el diseño y los materiales.

En muchas publicaciones técnicas se menciona con insistencia, como factotum del diseño del edificio, a Willi Ludewig, arquitecto alemán nacido en Berlín en 1902, que huyendo de los horrores de la Gestapo y las SS, llegó a nuestro país en 1935, y se incorporó al estudio de Antonio Vilar. Nos limitamos a mencionarlo, sin otra pretensión que dejar consignado el hecho.

La ubicación del terreno no desmerecía la idea: Libertador 1850. Frente a los jardines de Palermo, su mole de arenisca resaltaría con el sol de la mañana, y desde la altura de sus doce pisos se podrían ver en la noche las luces uruguayas titilando en el incierto horizonte de sombras y brumas.

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El frente es un rectángulo de doce plantas, con entrada al imponente hall de recepción en la planta baja por dos puertas dobles laterales y una puerta giratoria, enmarcadas entre seis columnas. Las aberturas, como los pasamanos de la escalera y el revestimiento de las entradas a los tres ascensores principales son de cobre, lo que se adecua armoniosamente al suave tono beige del mármol de los pisos y muros  del salón. En él se exhiben importantísimos automóviles del Museo de la institución, piezas invalorables del coleccionismo mundial.

A las espaldas de este rectángulo del frente, se adosa en el contrafrente que da a la calle José León Pagano, con los laterales sobre Tagle y Pereyra Lucena, un hemiciclo de seis plantas unidas por rampas revestidas de ladrillo cerámico y dotadas de grandes entradas de luz, configurando así dos formas geométricas puras, unidas en un solo diseño.

En este sector se desarrollan las playas de estacionamiento, taller mecánico, lavadero de automóviles y, en general, todo lo concerniente al servicio de los vehículos.

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Las instalaciones para los usuarios eran un modelo de eficiencia y racionalidad. Lo siguen siendo, lo que demuestra como se pensaba y se construía para décadas, y no para las necesidades momentáneas, siempre superadas por la realidad del corto plazo.

En todas sus plantas hay obras de arte: frescos, bajorrelieves, esculturas, cuadros, murales, de grandes firmas argentinas, como Fioravanti, de Larrañaga, Alfredo Guido, Centurión, López Naguil, Alberto Lago y tantos más, que fueron convocados para adornar y prestigiar con belleza los espacios y los muros de la nueva sede.

Además de los servicios inherentes a su función principal, la sede del ACA brinda a sus socios toda una gama de actividades, como turismo, asesoramiento de documentación para viajar al exterior, seguros, museo de antiguas reliquias mecánicas, biblioteca especializada, etc.

Pero, sin embargo, hay un déficit en todo este panorama, y que poco tiene que ver con cuestiones mecánicas. Exponemos el caso.

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Hasta no hace muchos años, en su noveno piso funcionaba un maravilloso restaurante que, lamentablemente y por frías razones de códigos municipales, dejó de hacerlo.

A la luz de velas se podía comer espléndidamente, brindar en grata compañía y atisbar las luces del río, acariciados por los discretos sones de la pequeña orquesta que, con reminiscencias parisinas, alegraba el cálido ambiente de murmullos y risas.

Todo eso desapareció de un día para otro, ante la desazón de tantos que disfrutaban de ese lugar sin parangón en la noche porteña.

¿No sería posible que un guiño cómplice nos devuelva la calidez y el esplendor de aquellas noches que se perdieron entre alguna maraña indescifrable de expedientes y archivos olvidados?

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