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#08 • Abril 2010 Año I Costumbres Gastronomía

De restos y bodegones

por Enrique Espina Rawson / Fotos: Iuri Izrastzoff
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Si uno busca en el diccionario, no encontrará la solución. El porqué a veces decidimos ir a comer a un bodegón cualquiera, o a una cantina cualquiera, o a un restaurante cualquiera, no constituiría, desde luego, ningún misterio.

El misterio está en que el bodegón, la cantina o el restaurante es, muchas veces, un único lugar que no cambia. Lo que cambia es el nombre con que lo denominamos según el humor o las ganas del momento.

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El supuesto bodegón es el apelativo que le damos al lugar de siempre cuando vamos con algún amigo a comer algún suculento plato acompañado de un tinto de la casa, y que se transforma súbitamente en restaurante en alguna ocasión más interesante.

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Según el diccionario, un bodegón vendría a ser un sitio donde se sirven bebidas y viandas ordinarias. Nada que ver. Si tuviéramos que describirlo, un bodegón vendría siendo (para usar jerga de bodegón) un lugar frecuentado por parroquianos habituales, a los que el mozo conoce desde hace años, con comidas caseras recomendadas, y sugerencias por el estilo de que pidamos para dos si somos tres porque las porciones son abundantes.

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Lo relacionamos también con fiambres, quesos, antipastos y, en general, comida de olla, manteles a cuadros, y profusa cantidad de fotos-casi siempre futbolistas y boxeadores de antaño, y el insoslayable Gardel- junto a carteles escritos a mano, con desopilantes faltas de ortografía, con “sugerencias de la casa”. Abunda la cebolla de verdeo, la papa frita, y el aderezo denominado “Provenzal”, para disimular su ruda condición primaria de ajo y perejil picado, y no faltan las botellas de vino chianti en su familiar canastita y los jamones colgados, con algo de remembranza hospitalaria de pierna enyesada, sugerida por la funda de tela blanca que los envuelve. Si, claro. El pensamiento más común es el clásico: “¿Estarán bien asegurados? Mirá si se nos cae uno en la cabeza…”

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Creemos que no se registran casos de esa índole, ¿no? La gente es más ruidosa, siempre hay barras que festejan algo, cualquier cosa, y hay sifones en la mesa y bolitas de miga de pan. ¿Cómo olvidar las mesas donde se reúne la familia, los tíos, el novio de la nena, la cuñadita, y los hermanitos que se pelean mientras la madre amenaza con no traerlos más, cosa que lamentamos no haya puesto en práctica antes de salir.

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Bueno, esto es más o menos así. ¡Ah…¿Y por qué no fonda? Que, por otra parte, casi siempre es la fonda de la vuelta o de la esquina. Claro que también está la fonda a la que promete llevarnos alguien que se las da de conocedor, y que, por lo general justo cuando llegamos después de una peregrinación, está llena, y después de una hora de estar parados, terminamos sentados en una mesa al lado del baño, y comiendo lo que no pensábamos pedir para no perder más tiempo.

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Para el diccionario la fonda no es lo que nosotros conocemos. Es un lugar donde dan hospedaje, se sirven comidas y bebidas y eventualmente, hay canto y baile. Todo esto tiene un cierto aire de zarzuela muy simpático, pero no es lo que se estila por aquí, donde la fonda o la cantina es el nombre que damos a ese lugar simpático, cómodo y familiar como un saco viejo.

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Lo que nos incomoda es que insistan en asegurarnos que vamos a comer como en nuestra propia casa, cuando lo que queremos, justamente, es comer como se come en la cantina. Que para eso vamos, hombre.

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