Fervor x Buenos Aires

El Castillo

Hoy es la Embajada de Alemania, y sólo conserva de lo que fuera la quinta de Ernesto Tornquist, la arboleda original, los portones y la verja perimetral.

La entrada principal estaba -y sigue estando- en la esquina de Luís María Campos y Olleros, y el serpenteante camino adoquinado llevaba hasta la extraña residencia ubicada en la cima de la pequeña barranca, desde donde, en esos tiempos, se divisaban los juncales de la orilla y el río.

La “Quinta de los Ombúes”, tal el nombre de la propiedad, nos llevaría a imaginar a alguna señorial pero sencilla casa criolla de aljibe y galería. Nada de eso.

El sobrecargado edificio- ya demolido- pretendía imitar un castillo por las almenas del techo y la torre, y la idea era interesante. Pero resultó ser, en la práctica, un castillo algo lúgubre, involuntario precursor de las siniestras moradas popularizadas en las películas de vampiros.

Tan es así que en décadas posteriores, en las que la residencia estuvo abandonada surgieron en torno de ella las inevitables historias de fantasmas y aparecidos sobre las que daba cuenta la prensa sensacionalista, para pavor de niños y sirvientas del barrio que evitaban pasar de noche por las oscuras veredas del castillo embrujado.

La incierta zona, en esos años, era el deslinde entre Palermo y Belgrano, y ya comenzaba a poblarse de mansiones similares. Esta no era, claro está, la residencia permanente de Ernesto Tornsquist y su familia, sino una especie de desahogo para el verano, y espléndido marco de elegantes fiestas y saraos.

Un acontecimiento extraordinario se desarrolló en ella el 17 de octubre de 1908. De sus jardines despegó el “Pampero”. Era un inmenso globo inflado a gas (hubo que instalar cañerías y una usina de gas para el llenado) y sus tripulantes dos “hombres-pájaros” como se los denominaba admirativamente.

Uno era Eduardo Newbery, hermano de Jorge y otro el sargento Romero, voluntario del Ejército. Una multitud acampó desde la madrugada en los jardines y en las inmediaciones para ver inflar el globo, y como lo que parecía ser una lona de circo tirada en el suelo iba tomando forma lentamente hasta convertirse en un inmenso globo al que las amarras sujetaban al suelo para que no se elevara.

Entre gritos y ovaciones los intrépidos navegantes subieron a la barquilla y finalmente, luego de interminables saludos se soltaron los cabos. Flamearon los pañuelos y durante largo se los vio elevarse y elevarse y dirigirse rápidamente hacia el sur. Quizás demasiado rápidamente. Algunas poblaciones de la provincia reportaron su paso. Nunca se supo más de ellos.